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Perspectivas 2019 para la economía mundial

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Si hacer previsiones de crecimiento económico es un ejercicio siempre sujeto a un amplio rango de error, en la situación actual es todavía más complicado. Y lo es porque la economía mundial se enfrenta a un punto de inflexión motivado por factores de difícil anticipación y modelización. El escenario central es que asistamos a un avance del PIB mundial a tasas del 3,5%, lo que supondría dos décimas menos que en 2018 y en 2017. Si se cumple esta previsión asistiríamos a una nueva expansión simultánea de todas las economías, si bien a menor tasa. Solo son reseñables dos excepciones: India y Brasil, para los que se espera un avance del PIB del 7,5% y del 1,9%, respectivamente. Este segundo caso es destacable, por cuanto confirmaría la recuperación (aunque lenta) tras la intensa crisis de 2014 – 2016. Como digo, son dos episodios aislados de un diagnóstico común: pérdida de dinamismo. Esto es así en los dos principales motores, EEUU y China, que cierran 2018 cumpliendo –e incluso superando- las expectativas, a pesar de la guerra comercial (tecnológica) en la que han estado inmersos y a la que han sido muchísimo más sensibles los mercados de renta variable que los indicadores económicos (al menos si atendemos al negativo balance de aquellos frente al leve deterioro de los segundos).

El PIB de EEUU avanza este año un 2,9%, lo que supone una aceleración del 2,2% respecto al registro de 2017. A ello ha contribuido el estímulo fiscal, que ha compensado el efecto negativo de las nuevas alzas de tipos de la Reserva Federal de EEUU o de la fortaleza del USD. Resulta difícil (¿imposible?) anticipar un mantenimiento de este dinamismo (sobre todo porque los efectos de política fiscal expansiva se agotan) y es más factible anticipar avances en la zona del 2,5%. Sería, en cualquier caso, un registro muy favorable teniendo en cuenta que estaríamos en la expansión más larga de EEUU.

Este menor dinamismo de 4 décimas es el que también se espera en China, que podría crecer todavía un elevado 6,2%. Pero está claro que la segunda economía del mundo persiste en su gradual ralentización (con “cambio de modelo”) iniciado en 2011 (cuando crecía al 12%) y que, de momento, las autoridades económicas del país consiguen que sea gradual. Ahora bien, es obvio que nos encontramos ante uno de los principales factores de riesgo para la economía mundial (de lo cual venimos advirtiendo desde el verano de 2015, sin que se haya materializado): una intensificación de la pérdida de dinamismo de China que tendría impacto sobre la capacidad de devolución de la deuda por parte de las empresas. Aunque hemos asistido a un freno en el aumento de financiación ajena, persiste en una cota (160% del PIB) que lo configura como la principal vulnerabilidad económica y uno de los mayores riesgos para la economía mundial. La probabilidad de que se materialice en 2019 es reducida, pero su carácter de riesgo sistémico obliga a seguir muy de cerca el ritmo de desaceleración de la economía china, a lo que podría contribuir un “recrudecimiento” de la tensión comercial con EEUU, en especial, en los sectores tecnológicos.

El Área euro no puede escapar de este entorno de pérdida de dinamismo. Las previsiones contemplan un menor avance del PIB tras un año que debe caracterizarse de decepcionante. Aquí, hemos asistido a un recorte de las previsiones desde primavera hasta situarse en la cota del 1,9%. Es decir, volvemos a crecer por debajo del potencial y, lo que es más preocupante, para 2019 debemos anticipar un crecimiento inferior (entre el 1,5% y el 1,8%). Alemania está sufriendo vía sector exterior las consecuencias de la imposición de aranceles, con un especial impacto en el sector autos (esperamos un avance del PIB del 1,8% en 2019). La tensión entre el nuevo gobierno italiano y la Comisión Europea en torno al objetivo del déficit tiene implicaciones negativas sobre las decisiones de inversión y consumo de los agentes italianos, que se ven condicionadas también por el intenso repunte de la prima por riesgo de los bonos y la caída de la renta variable. Las previsiones contemplan un reducido avance del PIB el próximo año (1,0%). Francia también presenta debilidades macroeconómicas que, sin ser tan preocupantes como las de Italia, advierten de que es un país que necesita reformas. No va a ser fácil implantarlas a la vista de la virulenta reacción de los ciudadanos en los últimos días (no nueva, por cierto). Mientras tanto, contamos con expectativas de un tímido avance del PIB de la segunda economía de la UME (1,5%). Y, por último, España seguirá creciendo de forma diferencial frente a la media de la UME (2,2%) pero no puede evitar la desaceleración en la que está inmersa desde hace un año (ha dejado atrás definitivamente las tasas de crecimiento del 3,0%). El final de los denominados “vientos de cola” (reducciones de los tipos de interés, caída del petróleo, depreciación del euro y dinamismo del turismo por la situación en países competidores) explica en gran medida esta normalización del crecimiento del PIB de España. En conclusión, la UME modera su ritmo de expansión hasta tasas “mediocres”, más si tenemos en cuenta la intensidad de la crisis 2008-2012 y el débil avance acumulado desde entonces. Y, aquí también, con un riesgo a la baja en las previsiones asociado a un elemento adicional: un potencial hard Brexit. En el momento de escribir estas líneas persisten las incertidumbres sobre si habrá un acuerdo entre el Reino Unido y la Unión Europea o si, incluso, se producirá un segundo referéndum. Es obvio que es la economía del Reino Unido la que sufre las mayores consecuencias negativas de este entorno, pero dado que es uno de nuestros principales socios comerciales, se deja notar el impacto sobre el Área euro. Lo dicho: escenario positivo, sí, pero no tanto como en los últimos 24 meses y con claros riesgos a la baja.

David Cano Martínez
@david_cano_m

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